
Ciudad de México. Caminan por el circuito de Ciudad Universitaria con el pecho tomado por un puma gigante. Son estudiantes de preparatoria, licenciatura, egresados recientes de la Universidad Nacional Autónoma de México. Jóvenes y maestros que cargan una herencia que se mide en la ausencia de campeonatos, pero que vuelven a ilusionarse con una final. Para recordar la última vez que Pumas fue campeón en el futbol mexicano, las viejas y nuevas generaciones tienen que remontarse al Clausura 2011, cuando vencieron al Morelia.
Muchos de los que este domingo gritaron en la tribuna del Estadio Olímpico tenían menos de 15 años en aquel partido. A pesar del tiempo y la acumulación metódica de fracasos, el anhelo de volver a ser finalistas terminó por imponerse con la victoria (1-0, 1-1 global) ante el Pachuca, el último peldaño antes de definir el título con Cruz Azul.
Pasaron entrenadores, finales perdidas en el torneo local (2015 y 2020) y la Copa de Concacaf (2005 y 2022), pero nada había vuelto a ser como antes hasta esta liguilla. El pase en cuartos de final ante el América -el rival acérrimo, en una llave de drama y polémica arbitral- encendió algo que parecía apagado en la comunidad universitaria.
Pumas desaprovechó dos veces una ventaja de dos goles y, sin embargo, resistió. “Que la gente saque su camiseta y se sienta orgullosa, porque eliminamos a un rival de jerarquía”, dijo entonces el técnico Efraín Juárez en conferencia de prensa. A partir del jueves y domingo, disputará con Joel Huiqui la primera final entre mexicanos desde el América-Cruz Azul del Clausura 2013 (Miguel Herrera y Guillermo Vázquez).
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Víctor Camacho
El equipo líder de la fase regular -con los mismos puntos que el Guadalajara, pero mejor diferencia de goles- llegó a la semifinal contra el Pachuca con la templanza del que se sabe favorito. El partido de ida puso a prueba su aprendizaje. Pumas corrigió errores defensivos, pero una genialidad solitaria de Oussama Idrissi en el Estadio Hidalgo marcó la diferencia en el marcador. Los Tuzos terminaron con 10 jugadores por la expulsión de Eduardo Bauermann, aunque al mismo tiempo se aferraron a ese espíritu mosquetero, solidario, que el argentino Esteban Solari ha moldeado en sus dirigidos para disimular sus defectos a la hora de defender.
Robert Kennedy y Enner Valencia no sólo acompañaron la velocidad de Idrissi, sino que hicieron el trabajo sucio: retrocedieron, ejercieron presión a los atacantes rivales y pelearon cada pelota como si fuera la última. Pero el gol de Jordan Carrillo, en un tiro libre al poste del arquero Carlos Moreno, los derrumbó (55). La expectativa de una nueva final aceleró el pulso del juego y, al mismo tiempo, la dinámica en el sur de la ciudad. Tres horas antes del silbatazo inicial, los estacionamientos contiguos en Ciudad Universitaria ya eran un mar de coches y motocicletas a su máxima capacidad.
Los policías de tránsito y el personal de la UNAM intentaron contener el desborde sobre las calles, pero resultó imposible. Fueron en total 46 mil 106 personas, una fiesta completa, obsesiva, de color azul y oro. Pumas hizo valer su peso desde los primeros minutos. El paraguayo Robert Morales se quedó a centímetros de marcar el gol del empate global en al menos un par de ocasiones: primero con un remate de cabeza, que se estrelló en el poste, y luego al recibir un servicio retrasado de Jordan Carrillo que mandó por los aires.
Los Tuzos esperaron de un modo peligroso, casi al borde del área. No atacaron y, a la hora de replegarse, lo hicieron prácticamente con la mayoría de los elementos de campo. Su mayor conquista fue conservar el cero hasta el descanso, una ilusión breve, porque, a su regreso, Carrillo apuntó al poste del portero rival y marcó el gol de la esperanza (55).
Lo que siguió después fue el trailer de una película de suspenso filmada cuadro por cuadro. Los locales resistieron los ataques desesperados del cuadro hidalguense. Se dedicaron a rechazar centros al área, se tiraron al piso para tapar con el cuerpo los intentos de Salomón Rondón y Kennedy, jugando siempre con la garra por delante.
El desenlace, dramático y largamente esperado, tuvo su propia música de fondo, un canto que no sabe de tiempos ni fracasos. “¿Cómo no te voy a quereeer? ¿Cómo no te voy a quereeer? Si mi corazón azul es y mi piel dorada, siempre te querré”.







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